El psicólogo que se especializaba en traumatizar a sus pacientes
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Adquiriendo fobias
El experimento ocurrió en la prestigiosa institución universitaria Johns Hopkins durante la segunda década del siglo XX. En el mismo, el ya por ese entonces afamado psicólogo John B. Watson, pionero en la escuela del estudio del comportamiento observable, se dispuso a realizar una serie de pruebas en un niño de nueve meses llamado Albert, supuesto hijo de una de las amas de crianza del hospital universitario -practica ya totalmente en desuso en Occidente, aunque aun practicada en otros lugares del mundo, en la cual se empleaba a una reciente madre de bajos recursos para que utilice parte de su leche materna para amamantar a otros niños- a la cual no se le comunicó precisamente al alcance y la extensión de lo que se buscaba con los experimentos. Watson tenía como teoría que el miedo irracional y las fobias hacia ciertos objetos, ya sean animados o inanimados, eran comportamientos adquiridos. Teorizaba en su trabajo que los humanos nacían sin ningún tipo de temor, y que estos miedos eran más bien el resultado de experiencias chocantes durante los primeros meses de vida. Experiencias que podían ser activadas mediante estímulos asociados a las mismas, por lo que, incluso sin que esté presente el objeto causante de dicho temor, Watson creía poder activar el comportamiento buscado solamente con traer cerca del paciente el estímulo asociado con el mismo. Obviamente el académico había sido fuertemente influenciado por los estudios de Ivan Pavlov en el comportamiento reflejo de los perros, estudios muy famosos y mencionados incluso al día de hoy.


Los miedos de Albert
Watson se propuso junto a Rosalie Rayner, su asistente, documentar sus hallazgos siguiendo un meticuloso método de experimentación en el cual se expondría a Albert a distintas pruebas emocionales a partir de las cuales, al cabo de un tiempo, podrían llegar a observarse cambios inducidos en el comportamiento en el infante. Para ésto, obviamente, primero debió de establecer si Albert ya sufría previamente de algún miedo, por lo que en primera medida se expuso al pequeño a objetos que luego iban a ser utilizados en la inducción de temores. Un conejo, una pequeña rata blanca, un perro, máscaras e incluso un mono eran algunos de estos objetos de prueba, a todos, el niño reaccionó sin temor. Mostrando incluso curiosidad y alegría por algunos.
Watson se propuso junto a Rosalie Rayner, su asistente, documentar sus hallazgos siguiendo un meticuloso método de experimentación en el cual se expondría a Albert a distintas pruebas emocionales a partir de las cuales, al cabo de un tiempo, podrían llegar a observarse cambios inducidos en el comportamiento en el infante. Para ésto, obviamente, primero debió de establecer si Albert ya sufría previamente de algún miedo, por lo que en primera medida se expuso al pequeño a objetos que luego iban a ser utilizados en la inducción de temores. Un conejo, una pequeña rata blanca, un perro, máscaras e incluso un mono eran algunos de estos objetos de prueba, a todos, el niño reaccionó sin temor. Mostrando incluso curiosidad y alegría por algunos.

El estímulo con el que se buscaba inducir temor inicialmente era muy brusco y hasta podríamos decir que incivilizado, ya que consistía en una barra metálica que, ubicada a pocos centímetros detrás de la cabeza de Albert, era golpeada con un martillo cada vez que Albert tocaba o intentaba algún tipo de interacción con alguno de los objetos. Produciendo un estridente ruido metálico que instantáneamente lograba estremecer al niño en gran medida. Según el mismo diario de notas de Watson, la primera vez que Albert escuchó el sonido fue cuando intentó acariciar una rata blanca que había sido puesta sobre su regazo durante la primer prueba. Respondiendo inmediatamente con terror y llevando sus manos a su rostro para caer hacia delante hundiendo su cara sobre el colchón en el que estaba sentado. Obviamente intentado protegerse de tan extraño y horrible sonido. Pasados unos instantes y recuperado del susto, Albert nuevamente intentó acariciar la rata para nuevamente ser amedrentado por el ruido de la barra. Siete días más tarde, la rata fue traía nuevamente, sólo que esta vez Albert no sólo no intentó hacer contacto con la misma, sino que además retiró rápidamente su mano cuando esta se le acercó. La rata sería entonces sacada de la vista del niño y la barra nuevamente golpeada con el martillo. Tras esto Albert cae hacia un costado y comienza a gemir con un claro tono de angustia. Acto seguido, la rata es nuevamente presentada ante el mismo y sólo esto bastó para desatar un desgarrador llanto por parte del niño. De aquí en más Albert se comenzaría a llorar con sólo ver la rata cada vez que ésta se le presentaba.
Así, Watson cometió toda una serie de experimentos relacionados, en los cuales expuso al pequeño ante máscaras, un perro y otros animales e incluso intentó ver si dichos miedos y reacciones de condicionamiento clásico podían llegar a ser transmitidos hacia otros objetos. Logrando efectivamente mediante una serie de estímulos y asociaciones lograr transferir el miedo que Albert tenía a la rata hacia un conejo. Una vez terminada ésta fase Watson deja al niño tranquilo por un lapso de treinta y dos días, ya que la segunda fase del experimento era el ver cuán perdurables eran estos temores. Al reanudar la serie de experimentos fue claro que Albert había adquirido y mantenido los miedos, mostrando gran disgusto cada vez que alguno de los objetos era presentado. Incluso, hacia el conejo, cuyo miedo al mismo había sido transferido.

¿Y Albert?
Del niño y su madre durante mucho tiempo no se supo más nada incluso a pesar de que décadas más tarde distintos investigadores intentaran ver qué fue de la vida del niño, por lo que, ante la falta de información, se llegó a creer que con el crecimiento de la conciencia ética entre las décadas del cincuenta y del sesenta, la universidad había decidido destruir dicha información para así evitar que algo que ya era vergonzoso se vuelva aun más. No obstante, un investigador que se interesó en gran medida por el destino del niño fue el psicólogo Hall Beck. Durante siete años realizó una intensiva búsqueda que lo llevó a hurgar entre las cartas de Watson y sus allegados así como entre los archivos de la universidad. Sin éxito, amplió su búsqueda hacia los los registros financieros de los involucrados, intentando ver si los movimientos de dinero de éstos durante ese período le daban alguna nueva pista. Tras investigar una serie de pagos realizados a Arvilla Merritte, una de las damas de crianza del hospital, Beck logró descubrir que Albert se llamaba en realidad Douglas, y el mismo era el hijo ilegitimo de esta mujer. Tras hallar a los descendientes de los Merritte, Beck logró acceder a distintas fotografías familiares en las que encontró imágenes de un niño llamativamente similar a Albert. Luego de una serie de tramitaciones Beck consigue que éstas sean analizadas por el departamento de imagen forense del FBI, el cual confirma que efectivamente Albert y Douglas eran el mismo bebe. Desgraciadamente, éste hallazgo también trajo a la luz que ninguno de los supuestos finales felices de la historia en los que Albert, o mejor dicho Douglas, era adoptado por una familia fueron ciertos, ya que el niño murió de hidrocefalia a la edad de seis años
Fuente: http://www.anfrix.com/2010/07/el-psicologo-que-se-especializaba-en-traumar-a-sus-pacientes/