miércoles, 19 de diciembre de 2012

CANIBALISMO EN LA IIª GUERRA MUNDIAL....Jo

El historiador británico Michael Jones se encarga de recuperar todos los detalles de esta drámatica situación en el libro «El sitio de Leningrado, 1941-1944» en el que aporta numerosos y escalofriantes datos sobre el impenetrable cerco nazi que sufrió la ciudad soviética durante casi 900 días y que tenía por objetivo conducir a la muerte de la población por inanición. Las cifras oficiales hablan de 600.000 ciudadanos muertos aunque otras fuentes casi duplican este número. 


Existen muchos testimonios en el libro de Michael Jones, como el de Valentina Rothmann, de 12 años, descubrió horrorizada que a muchos de los cadáveres que acarreaba les habían cortado las nalgas. Eso no fue nada comparado con la experiencia de otra joven, Vera Rogova, a la que persiguió un caníbal con ojos extraviados de hambre y un hacha. Maria Ivanovna se sorprendió al ver que, en medio de la carestía, unos inquilinos cocinaban carne; le dijeron que era cordero pero al levantar la tapa de la olla entre el caldo asomó una mano humana. 


En enero de 1942 distritos enteros fueron invadidos por antropófagos 



 

Aquí tenemos una fotografía tomada en una villa de la región del Volga en 1921. Muestra a una pareja de campesinos que raptaba niños para alimentarse de su carne.


Parecen cuentos de terror. Sin embargo, son experiencias reales vividas durante el sitio de Leningrado, conocido como el de los 900 días (en realidad 872), uno de los peores asedios que recuerda la historia y en el que el frío -hasta 40 grados bajo cero- y el hambre se sumaron a la guerra y la oscuridad para configurar un cuadro de penalidad y espanto apocalíptico. Nadie sabe cuánta gente murió. Las autoridades reconocieron más de 600.000 ciudadanos muertos, pero otras cifras superan 1.200.000. 

En un libro recién aparecido que constituye un verdadero descenso a los infiernos (El sitio de Leningrado, 1941-1944 ), aunque también un asombroso testimonio de la capacidad de supervivencia del ser humano y un conmovedor canto a la esperanza, el historiador británico Michael Jones, de la Universidad de Bristol, revive extraordinariamente aquel asedio -en buena parte a través del relato directo de los supervivientes y sus diarios- y ofrece datos nuevos que revelan toda la crudeza de un episodio de la II Guerra Mundial que fue manipulado por la historia oficial soviética y que desde hace tiempo sufría el olvido historiográfico. 




 


Según el texto de las anotaciones en ruso y chino, se trata de campesinos hambrientos que se alimentaban de carne humana

Jones señala que había bandas organizadas, que un grupo de 20 caníbales se dedicaba a interceptar a los correos militares (para comérselos) y que en un lugar de la calle de Zelenaya donde se vendían patatas se pedía al comprador que mirara donde se guardaban y cuando éste se agachaba le golpeaban con el hacha en la nuca.


 


La NKVD (comisariado del pueblo ruso), advirtió de que en los mercados se vendía carne humana. “Cruzar la ciudad era peligroso, y costaba confiar en los demás”, recordaba una superviviente, que señalaba que se veían cadáveres mutilados por todas partes. A las mujeres les cortaban especialmente los pechos.

La extensión del canibalismo da la medida de la desesperación que provocó la carestía de alimentos. La gente se desmoronaba de hambre. La vida se redujo a tratar de encontrar comida. “El horror de lo que se vivió en Leningrado es casi inimaginable”, dice Jones. La gente comía hierba, cola de carpintero, hervía el papel de las paredes, los cinturones de cuero, ¡los libros…! La “cocina de asedio” reveló una macabra imaginación. “Se cambia gato por pegamento”, rezaba un cartel. 

Llegó un momento en que morían 3.000 personas al día de inanición, luego 15.000, 25.000… Nadie tenía fuerzas para enterrarlos. Una madre sólo pudo arrastrar a su hijo muerto hasta el alféizar y allí lo dejó. Faltaba tanta gente que una obra de teatro sobre los tres mosqueteros se montó sólo con dos, y no es broma. Hubo epidemias de disentería, de tifus, etc.



 



Los alemanes, y ésta es otra de las aportaciones de Jones, no querían meramente tomar la ciudad -Petersburgo, como la llamaba Hitler-. “El objetivo de los nazis era sellar la ciudad y matar de inanición a toda la población civil, dos millones y medio de personas. Incluidos medio millón de niños”, recalca el historiador. “Esta decisión estaba motivada por el odio ideológico y racial. Y a ella se aplicaron con rigor casi científico. Los alemanes no hubieran aceptado ni siquiera la rendición incondicional de Leningrado”. 



 



Pero el asedio a Leningrado no es un caso aislado. Los casos de canibalismo humano registrados durante el siglo XX en Rusia y la Unión Soviética abundan sobremanera. Durante la Segunda Guerra Mundial se registraron también otros casos: en el campo nazi Stalag , situado en Ucrania, los alemanes documentaron prácticas caníbales entre los prisioneros de guerra soviéticos 



 



También se sabe de actos de antropofagia ocurridos durante el Holocausto Ucraniano: una hambruna provocada artificialmente por Stalin para someter al campesinado ucraniano que asoló el territorio de aquella República Socialista durante los años de 1932 y 1933. Murieron unos 3′5 millones de personas victimas de la inanición y la malnutrición.


 


El comunismo de guerra adoptado por los bolcheviques durante la Guerra Civil Rusa causo la Hambruna Rusa de 1921, extendida por toda la región del Volga y los Urales. Murieron unos 5 millones de personas. Aquel desastre humanitario impulso a muchas personas a la práctica del canibalismo humano. 


Entre los prisioneros rusos también se cometieron actos de canibalismo y en el asedio de Leningrado los cadáveres de los niños desaparecían de las calles 



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En un documental de Stalingrado hubo un testimonio de una civil rusa que narraba como empezaron a comerse los caballos, después los perros siguiendo con los gatos y cuando estos se acabaron ….

La mayoría de imágenes de este post proceden de una exhibición pública y oficial sobre el hambre en la región del Volga que se realizo en el Kremlin en 1922. Dicha exhibición incluía fotografías de campesinos practicantes del canibalismo que habían sido capturados por la Checa (policía secreta soviética). Puede que formara parte de una campaña para conseguir ayuda internacional. Diversas organizaciones occidentales enviaron alimentos a Rusia, hasta que se percataron de que los bolcheviques vendían el grano a países extranjeros en vez de utilizarlo para acabar con la hambruna.

Dado que muchos combates del Frente Oriental se desarrollaron en unas condiciones extremas, no es de extrañar que se llegara a un comportamiento tan extremo como el canibalismo. 


Canibalismo entre soldados prisioneros de Stalingrado 


Cuando los alemanes dejaron las armas y fueron apresados, esos hombres muertos de hambre sufrieron un trato inhumano y bárbaro. 90 mil alemanes fueron hechos prisioneros y solo 5 mil sobrevivieron y pudieron volver a Alemania algunos incluso 13 o 14 años después. Es cierto, que luchaban por un régimen que era malvado e inhumano también, pero sus captores igualmente formaban parte de un régimen implacable, hostil y despiadado, personificado en el Ejercito Rojo de Stalin y para los hombres y mujeres atrapados entre esas horribles fuerzas solo había crueldad e inhumanidad. 


 



La desnutrición fue problema principal. Desde el 26 de noviembre la norma de víveres en el cerco fue reducida hasta 350 gramos de pan y 120 gramos de carne. El 1 de diciembre los Nazis acercados se vieron obligados a reducir la norma de pan hasta 300 gramos. El 8 de diciembre la norma de pan fue reducida hasta 200 gramos. Vale la pena recordar, que la mínima porción de pan, que se daba en Leningrado sitiado en noviembre-diciembre del 1941 fue de 250 gramos. Bueno, algún tiempo los alemanes complementaban su pobre ración con las vituallas de carne de caballo.

Para la Navidad, durante unos días, a los soldados de la linea avanzada les daban complementarios 100 gramos. Es sabido, que al mismo tiempo algunos soldados en el cerco recibían no más de 100 gramos de pan (para comparación: lo mismo fue mínimo en sitiado Leningrado, lo recibían los niños y personas dependientes de Oranienbaum). Incluso si no es así, una “dieta” semejante durante un periodo bastante largo para miles de los hombres maduros, aguantando las cargas físicas y psíquicas extremas significaba solo una cosa – la muerte. Y ella no les hizo esperar. Del 26 de noviembre al 22 de diciembre en el 6 Ejército fueron registrados 56 casos de muerte, “en los cuales la insuficiencia de alimentación jugó el papel esencial”.



El Alto Mando del III Reich y los ciudadanos alemanes eran incapaces de averiguar cómo les había ido al Mariscal Von Paulus y a sus soldados en manos de los soviéticos. En aquel momento, el mariscal de campo y sus generales vivían en un cuartel general relativamente confortable, cerca de Moscú. Pero los hombres del VI ejército que Paulus creía que tenían garantizado el alimento y cuidados médicos, en realidad estaban muriendo en gran número en las heladas estepas. 

El VI ejército alemán se dispersó por más de veinte campos, que se encontraban desde el Círculo Polar Ártico, a los desiertos y estepas del Sur. Un tren llevó a miles de alemanes desde el Volga a Uzbekistán, en Asia Central. Dentro de cada vagón, atiborrado con cien o más prisioneros, se produjo un macabro combate mortal cuando los alemanes se mataron unos a otros por los pedazos de comida que les arrojaban cada dos días. Los más cercanos a la puerta eran apartados por los famélicos soldados de detrás, sólo los más fuertes sobrevivieron a aquel viaje de varias semanas de duración. Cuando el tren llegó a las montañas de Parir, había muerto casi la mitad de los pasajeros.









Otros alemanes se quedaron en Stalingrado para ayudar a reconstruir la ciudad que habían devastado. El tifus aclaró sus filas y, en marzo, los rusos excavaron una zanja en Beketovka, echando dentro de una fosa común a casi cuarenta mil cadáveres alemanes.


Pero para más de otros quinientos mil alemanes, italianos, húngaros y rumanos, el invierno ruso fue una dura y sucia pelea. En el simple espacio de tres meses – febrero, marzo y abril de 1943 – murieron más de cuatrocientos mil.


En la mayoría de los casos, los rusos les dejaron perecer de inanición. Cada tres días los camiones del Ejército Rojo descargaban a su alcance coles, hogazas de pan helado e incluso basura, como alimento para los prisioneros. En Tambor, Krinovaia, Yelebuga, Oranki, Susdal, Vladímir y otros campos, los internados se arrojaban sobre la comida y peleaban matándose unos a otros.


En su intento de sobrevivir, otros prisioneros se hicieron personalmente cargo del asunto, especialmente en campos donde había decaído la autodisciplina militar. En Susdal, Felipe Bracci fue el primero en percatarse de ello cuando vio cadáveres sin brazos o piernas. El doctor Cristóforo Capone encontró cabezas humanas a las que habían extraído los sesos, o torsos a los que faltaban el hígado o los riñones. Había comenzado el canibalismo.








Al principio, los caníbales fueron furtivos, moviéndose sigilosamente entre los muertos para cortar un miembro y comérselo de prisa. Pero sus gustos pronto maduraron y buscaban entre los recién fallecidos, los que acababan de volverse fríos y, por tanto, eran más tiernos. Al fin, vagaban en grupos, desafiando a quien trataba de detenerlos. Incluso ayudaban a morir a moribundos.



A la caza noche y día, su codicia por la carne humana los convirtió en animales enloquecidos y, a fines de febrero, alcanzaron niveles de barbarie. En Krinovaia, un soldado alpino italiano corrió a través del recinto para buscar a su cura, don Guido Turla. “Venga enseguida, padre –le rogó-. ¡Se quieren comer a mi primo!”



El austado Turla siguió al turbado hombre al otro lado del recinto, pasando ante cadáveres descuartizados, sin estómagos ni cabezas, con brazos y piernas mondados de carne. Llegaron a la puerta del barracón y vieron a unos locos aporreándola con los puños. Dentro estaba su presa, herido mortalmente de un tiro por un guardián ruso. Los caníbales habían seguido la pista de la sangre caliente hasta la puerta y ahora intentaban echarla abajo para apoderarse del hombre aterrado.



A Turla aquello le dio náuseas y gritó a los caníbales, diciéndoles que se trataba de un crimen horrible, un lastre para sus conciencias y que Dios no les perdonaría. Los devoradores de carne se alejaron cabizbajos de la puerta. El padre Turla entró donde estaba el soldado moribundo para oír su última confesión. Cuando el muchacho le pidio que lo salvase de los caníbales, Turla se sentó junto a él en sus últimos momentos. Los caníbales dejaron su cadáver en paz. Tenían millares a su disposición.








En otro barracón de Krinovaia, dos hermanos italianos se habían jurado protegerse de los caníbales en caso de no morir a la vez. Cuando uno de los hermanos sucumbió de enfermedad, los caníbales se congregaron en torno al fresco cadáver. El otro hermano se puso a horcajadas en el camastro del hombre muerto y expulsó a aquellos chacales que estaban al acecho en torno a la cama. Durante la larga noche montó guardia mientras los caníbales le urgían a que les dejase hacerse cargo de la víctima.



En cuanto se aproximó el amanecer, incrementaron sus asaltos verbales diciéndole al hermano que era inútil que resistiese más. Incluso le ofrecieron que se cuidarían de enterrar el cuerpo. En cuanto mostró señales de debilitamiento, se aproximaron al lecho y se apoderaron con suavidad del cadáver que él había jurado proteger. Exhausto por la vigilia, el hermano sobreviviente se dejó caer al suelo y empezó a aullar histéricamente. Aquella experiencia lo había vuelto loco.



Los rusos disparaban contra los caníbales a quienes sorprendían, pero tenían que hacer frente a la caza de tantos devoradores de hombres, que hubieron de reclutar “equipos anticaníbales”, extraídos de las filas de los oficiales cautivos. Los rusos equiparon a esos pelotones con palancas y les pidieron que matasen a todos los caníbales que encontraran. Los equipos rondaban por la noche, avizorando el delator parpadeo de las llamas de las pequeñas hogueras donde los depredadores estaban preparando sus comidas.



El doctor Vincenzo Pugliese fue frecuentemente de patrulla y, una noche, al doblar una esquina, sorprendió a un caníbal que estaba asando algo sujeto al extremo de un palo. Al principio perecía como si fuese una salchicha, pero cuando Pugliese prestó atención se percató de que el objeto tenía pliegues como un acordeón y con un principio de náuseas se dio cuenta que estaba cocinando una tráquea humana.








Los prisioneros que se negaron a comer carne humana emplearon otros trucos para sobrevivir. En Krinovaia, un grupo de emprendedores italianos recuperó excrementos de las amplias zanjas de las letrinas y con las manos desnudas picoteaban trigo y mijo sin digerir, que luego lavaban y se comían. Los prisioneros alemanes pronto perfeccionaron aquel proceso. Colocando una serie de tazas de hojalata, extraían con ellas las heces y consiguieron recuperar tanto grano que hasta hubo mercado negro.



En Susdal, el doctor Cristóforo Capone empleó su fértil imaginación para salvarse a sí mismo y a sus camaradas. Hombre de carácter afable, aún conservaba el humor en tan trágicos momentos e ideó unos planes verdaderamente muy elaborados. Cuando un camión cargado de coles aparcó fuera de la acera, Capone organizó un grupo que robó la carga y la escondió debajo de las camas, en las letrinas y en los colchones. Mientras sus amigos comían vorazmente, Capone esparció un reguero de hojas de col desde el vacío camión hasta unos cercanos barracones de rumanos. Al fin fue descubierto el hurto y los rusos siguieron la pista y provistos de palos cayeron sobre los rumanos. Mientras tanto, los amigos de Capone se comieron todas las pruebas del delito.




El ingenioso doctor descubrió asimismo otro macabro medio para seguir vivo. Divididos en pelotones de quince hombres, los prisioneros de guerra italianos vivían en frígidas estancias y tenían que andar constantemente para no helarse. Cada mañana entraba un guardián ruso, contaba a los hombres presentes y les dejaba las raciones para aquel número exacto. En cuanto los hombres empezaron a morir de extenuación, Capone decidió que aquellos cadáveres podrían servir a un mejor propósito que ser arrojados en la pila de los cuerpos del patio. A partir de entonces, Capone dejó los cuerpos erguidos y apoyados en sus sillas. Cuando el guardián ruso hacía su recuento diario, él y sus compañeros se enzarzaban en animadas conversaciones. Los guardianes siempre dejaron las quince raciones; pronto Capone y sus compañeros fueron teniendo mejor aspecto.









Debido a que las bajas temperaturas preservaban a los cadáveres de la descomposición, el doctor los conservó durante semanas. Cuando su propio cuarto empezó “a reventar de proteínas”, se sintió impulsado a ayudar a los prisioneros vecinos y creó una especie de “préstamos y arriendos”. Cada día, transportaban los petrificados cadáveres de un lugar a otro, a las distintas estancias, proporcionando a sí a sus compañeros las raciones suplementarias que necesitaban.



En mayo de 1943, los rusos empezaron a tratar mejor a los prisioneros. Como explicó un cautivo, “deseaban que, después de la guerra, volviesen a casa algunos soldados”. Acudieron médicos y enfermeras para hacerse cargo de los supervivientes; los agitadores políticos recorrieron los campos, buscando candidatos para un adiestramiento antifascista. Tras varios meses de adoctrinamiento, un alemán exclamó: “nunca supe que hubiese tantos comunistas en la Wehrmacht… En la mayoría de los casos, quienes se volvían contra Hitler y Mussolini tenían en la mente un fin específico. La cooperación significaba una alimentación extra.



Miles de familias alemanas aún esperaban una palabra de sus seres queridos que sirvieron en Stalingrado.

No sería hasta 1949, seis años después, cuando comenzaron a regresar a sus casas los supervivientes del Eje de los campos de prisioneros soviéticos.



Canibalismo de japoneses en la II Guerra Mundial

Antony Beevor habla de su libro La Segunda Guerra Mundial, una minuciosa investigación que la editorial Pasado & Presente ha lanzado en Colombia, Argentina y México. 


 



Durante la Segunda Guerra Mundial, “los japoneses practicaron una política de canibalismo con sus prisioneros de guerra e incluso con sus compatriotas muertos en combate”, un hecho que los diferencia frente a los actos cometidos por todos los ejércitos.

Así lo explicó en una entrevista el historiador británico Antony Beevor, quien añade que ese fue uno de los aspectos que más le sorprendió cuando investigaba para escribir La Segunda Guerra Mundial

El canibalismo de los japoneses era un hecho que Beevor no conocía. Los americanos y los australianos decidieron no decir nada al final de la guerra por el shock que podría suponer para los familiares de los prisioneros que habían sido devorados.
Unas prácticas que demostraron la crueldad del ejército japonés “extremadamente militarizado”, en el que se humillaba a los soldados y se les provocaba “una furia y una ira que les llevaba a vengarse contra los soldados vencidos”.

Sólo una nueva generación de jóvenes historiadores japoneses ha tenido el valor de sacar estos hechos a la luz, aunque aún no de una manera pública ni masiva, explicó el ex militar. “Es obvio que todos los ejércitos tuvieron la tentación de cometer los crímenes pero algunos mantuvieron unas ciertas proporciones, hay diferentes pautas de comportamiento. No todos los ejércitos fueron iguales”, señaló el historiador.



 



Al final de la guerra, muchos de los prisioneros eran “reservados” para ser asesinados uno a uno y, después, devorados. No fue una orgía de muerte de tropas aterrorizadas o fuera de control como ya Toshiyuki Tanaka, un profesor de la UNiversidad de Merlbourne, había descubierto y hecho público en los años 90 en relación con el sitio de Leningrado donde 600.000 personas murieron de hambre. En el caso de las tropas japonesas, el escritor británico afirma que se trataba de “una estrategia militar sistemática y organizada”.

“Las autoridades aliadas, comprensiblemente, por temor al horror que esto podría causar en las familias de aquellos que murieron en campos de prisioneros, decidieron ocultar los hechos totalmente”, explica el historiador “Por ese motivo, el canibalismo no formó parte de los delitos juzgados en el Tribunal de Crímenes de Guerra de Tokio de 1946”.

La II Guerra Mundial es una fuente enorme de pruebas de la crueldad y la depravación a la que pueden llegar los seres humanos y cada nuevo archivo que se abre es, además de Historia, un recuento de horrores infinitos.

“No fueron casos aislados: existió un patrón similar en todas las guarniciones de China y el Pacífico que se quedaron sin suministros por la Marina estadounidense”, explica Beevor, lo que hace suponer que se trataba de una estrategia de venganza por la falta de alimentos y armas provocada por las acciones aliadas. 



 



Esta actividad frecuentemente involucraba el asesinato con el propósito de asegurar los cuerpos; por ejemplo, un prisionero de guerra de La India, Havildar Changdi Ram, testificó que:


el 12 de noviembre de 1944] el Kempeitai decapitó a un piloto . Yo vi esta escena desde atrás de un árbol y observé a algunos de los japoneses cortando carne de sus brazos, piernas, caderas, nalgas y llevársela hacia sus cuarteles... Ellos la cortaron en pequeñas piezas y la frieron. 



 


En algunos casos, la carne era cortada de personas con vida: otro prisionero indio, Lance Naik Hatam Ali (más tarde ciudadano de Pakistán), testificó que en Nueva Guinea:


-" los japoneses empezaron a seleccionar prisioneros y todos los días uno era llevado fuera, asesinado y comido por los soldados. Personalmente, vi que esto ocurría y alrededor de 100 prisioneros fueron comidos en el mismo lugar por los japoneses. El resto fuimos trasladados a otro lugar a 50 millas [80 kilómetros] de distancia, donde 10 prisioneros sucumbieron a las enfermedades. Allí, los japoneses nuevamente empezaron a seleccionar prisioneros para comérselos. Los escogidos eran llevados a una choza donde se separaba la carne de sus cuerpos mientras estaban vivos y, luego, eran tirados a una fosa donde más tarde morían."

Quizás el oficial de más alto rango condenado por canibalismo fue el Teniente General Yoshio Tachibana, quien con 11 otros japoneses fue juzgado en relación con la ejecución de los pilotos estadounidenses y el canibalismo de, al menos, uno de ellos, en agosto de 1944, en Chichi Jima, en las Islas Ogasawara. Fueron decapitados por órdenes de Tachibana. Como ni el derecho internacional ni el militar se ocupan específicamente del canibalismo, fueron juzgados por asesinato e "impedimento de un entierro honorable". Tachibana fue sentenciado a muerte.




FUENTE: http://www.taringa.net/posts/info/16052035/Canibalismo-en-la-Segunda-Guerra-Mundial.html

4 comentarios:

  1. Verdaderamente tragico, solo me escama el hecho de que se le quiera dar toda la culpa a los alemanes, que la tienen, pero que se diga que su objetivo era hacer morir de inanición a la población... es su culpa, jugaban con eso, pero los rusos no cedieron, tanta culpa tienen unos como otros (dirigentes hablo)...
    En fin, escalofriante

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  2. porque se llama el lado oscuro de la historia no seras fan de stars wars

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